Naturalistas y pedagogos, naturaleza y escuela: el faro que alumbra el progreso de la humanidad

Por Maider Pérez de Villarreal Zufiaurre

20/11/2025 | https://doi.org/10.63083/lamec.2025.76.mpvz


En tiempos de crisis ecológica y de cuestionamientos profundos sobre el rumbo de nuestra civilización, mirar hacia quienes han dedicado su vida a comprender la naturaleza y a educar al ser humano es más que un ejercicio nostálgico: es una necesidad urgente. Naturalistas y pedagogos comparten una misión común, aunque desde diferentes frentes: despertar la conciencia, promover el respeto por la vida y guiar hacia una comprensión más profunda de nuestro lugar en el mundo.

Desde los bosques africanos del Congo donde Jane Goodall estudió a los chimpancés, hasta las aulas donde María Montessori revolucionó la forma en que entendemos la infancia, hay un hilo invisible que une la observación de la vida con la transformación de la educación. En este artículo exploramos cómo figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, David Attenborough, James Lovelock, Edward O. Wilson, Bertrand Russell, Carl Rogers y la propia Montessori han contribuido, cada uno a su manera, a alumbrar el camino hacia un progreso más humano y sostenible.

Naturalistas: los guardianes del planeta

Pocos nombres evocan con tanta fuerza el amor por la naturaleza como el de Félix Rodríguez de la Fuente. En plena expansión industrial y urbanizadora de la España del siglo XX, Félix se convirtió en una voz que hablaba del lobo ibérico, del águila real, de los ríos y los ecosistemas como si de viejos amigos se tratara. A través de la televisión y la radio, supo sembrar admiración y respeto por la fauna salvaje, especialmente entre los más jóvenes. Su legado no solo reside en sus documentales, sino en haber mostrado que la divulgación científica puede ser también una forma de educación emocional. Más allá de nuestras fronteras, Jane Goodall dedicó su vida al estudio de los chimpancés en Gombe, desdibujando la frontera entre “ellos” y “nosotros”. Su trabajo científico, riguroso y paciente, demostró que los grandes simios comparten con los humanos no solo herramientas, sino también emociones, vínculos sociales y cultura. Pero su aportación no se detiene en lo científico: Goodall es hoy una incansable defensora del medio ambiente y de la educación como herramienta para el cambio, convencida de que cada individuo puede marcar la diferencia.

Del mismo modo, David Attenborough, con su voz pausada y sus imágenes majestuosas, ha llevado la biodiversidad del planeta a los hogares de millones de personas. Su capacidad para narrar la belleza de la vida en la Tierra, al tiempo que advierte sobre los peligros de su destrucción, ha convertido su labor en una forma de pedagogía global. Attenborough no solo documenta la naturaleza; la defiende con argumentos científicos y éticos que apelan tanto a la razón como a la sensibilidad.

Por su parte, James Lovelock, creador de la teoría de Gaia, propuso una visión sistémica del planeta como un organismo vivo que autorregula sus condiciones. Esta idea, inicialmente controvertida, ha inspirado nuevas formas de pensar la relación entre los seres humanos y la Tierra. Más que una metáfora, Gaia nos recuerda que dependemos de un equilibrio delicado y que nuestras acciones tienen efectos globales e interdependientes. Edward O. Wilson, padre de la sociobiología y defensor apasionado de la biodiversidad, subrayó la necesidad de una «alfabetización biológica», argumentando que solo entendiendo la complejidad de la vida podremos preservarla. Para Wilson, el conocimiento no es suficiente sin una ética del cuidado. Su concepto de «biofilia» (el amor innato por la vida) conecta directamente con la importancia de educar desde la infancia en el asombro, el respeto y la curiosidad por la naturaleza.

Pedagogos: sembrar los valores humanos desde la infancia

La defensa de la naturaleza y la construcción de un futuro más justo no son posibles sin una educación transformadora. Aquí entran en escena filósofos y pedagogos como Bertrand Russell, Carl Rogers y María Montessori, cuyas propuestas, aunque diversas, coinciden en una idea clave: educar no es adoctrinar, sino liberar el potencial humano.

Bertrand Russell, más conocido por su filosofía y activismo político, escribió también sobre la educación como herramienta para la paz. Abogó por una enseñanza basada en la razón, la duda constructiva y la libertad de pensamiento. Para Russell, una sociedad verdaderamente progresista debe formar individuos críticos, empáticos y comprometidos con el bienestar común.

En una línea más centrada en la psicología humanista, Carl Rogers propuso un enfoque centrado en la persona, donde el aprendizaje se construye desde el respeto mutuo, la autenticidad y la confianza. En un mundo cambiante y muchas veces deshumanizante, Rogers nos recuerda que educar es acompañar procesos vitales, más que transmitir contenidos. María Montessori, por su parte, revolucionó la educación infantil al observar atentamente el desarrollo natural de los niños. Su método, basado en la autonomía, la exploración libre y el contacto con entornos cuidadosamente preparados, resuena profundamente con las propuestas de los naturalistas. Montessori comprendió que el amor por la vida comienza en los primeros años, y que el aula puede ser también un laboratorio de ciudadanía y sostenibilidad.

Naturaleza y escuela: un vínculo olvidado

El pensamiento moderno ha separado durante demasiado tiempo la escuela de la vida, el conocimiento de la emoción, la razón de la naturaleza. Sin embargo, los referentes que aquí hemos reunido apuntan en otra dirección: integrar, vincular, humanizar. Los naturalistas nos invitan a mirar el mundo con ojos de asombro y responsabilidad; los pedagogos, a mirar al otro con respeto y esperanza.

Volver a unir naturaleza y escuela no es una utopía romántica, sino una condición para sobrevivir como especie. Las aulas pueden y deben convertirse en espacios de encuentro con el mundo vivo, donde niñas y niños aprendan no solo ciencias y letras, sino también a escuchar el canto de un pájaro, a cuidar un huerto, a debatir con empatía y a imaginar futuros posibles.

En definitiva, los naturalistas y pedagogos que hemos mencionado no son solo figuras del pasado, sino luces que siguen encendidas en medio de la niebla contemporánea. Sus voces (distintas pero armónicas) nos recuerdan que el verdadero progreso no se mide solo en cifras o tecnologías, sino en nuestra capacidad de convivir con el planeta y con los demás.

Educar para cuidar. Observar para comprender. Amar para proteger. Tal vez esas sean las lecciones más urgentes de nuestro tiempo.


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