Habermas y la negación tecnofeudal del mejor argumento

Por David Alvarado

24/03/2026 | https://doi.org/10.63083/lamec.2026.03.da

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La muerte de Jürgen Habermas, a los 96 años en Starnberg, pone fin a la trayectoria de una figura singular de la tradición ilustrada occidental. Formado bajo la tutela de Theodor W. Adorno en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt, supo transformar el pesimismo de la primera generación de la Teoría Crítica en una apuesta por la razón dialógica como fundamento democrático. En lo que llevamos de milenio no ha emergido nada comparable a su propuesta de fundar la legitimidad política no sobre la acumulación de poder económico o tecnológico, sino sobre la capacidad humana de alcanzar acuerdos mediante la razón compartida. La corriente agonística de la teoría política, cuya representante más influyente fue Chantal Mouffe, impugnó esa dirección argumentando que ignoraba el carácter irreductiblemente conflictivo de la política. La historia no ha dado la razón a ninguno de los dos bandos, trasladando la cuestión a un terreno donde la pregunta ya no es teórica y sí estructural.

La Teoría de la acción comunicativa, su obra más ambiciosa, establecía una distinción fundamental entre dos formas de racionalidad. Frente a la razón instrumental —calcular, optimizar, maximizar rendimientos—, Habermas recuperaba una racionalidad orientada al entendimiento mutuo: cuando los seres humanos hablan para comprenderse y no para imponerse, activan un entendimiento no subordinado al mercado o la burocracia. De esa intuición nacía su teoría de la legitimidad democrática. Las normas que rigen la convivencia solo pueden considerarse válidas si emergen de procesos deliberativos libres de coacción, lo que Habermas denominó situación ideal de habla. El autor buscaba establecer un criterio con el que poder medir cuándo el poder político exige razones para ser obedecido, y cuándo prescinde de ellas.

Esa preocupación tenía raíces intelectuales precisas. En Historia y crítica de la opinión pública advirtió que los medios de masas habían transformado el debate ciudadano en un mero escenario de gestión de opinión. Donde el intercambio argumentativo de los espacios ilustrados había producido deliberación, la lógica comercial de la prensa industrial y la televisión a gran escala instauraba lo que llamó «refeudalización». Con ello apuntaba que la publicidad ya no hace transparente el poder ante la ciudadanía, sino que construye aura personal para que los poderosos sean aclamados en lugar de ser escrutados. La fragmentación que Habermas intuyó en los medios de masas adquiere hoy una escala sin precedentes, impulsada por la revolución de las tecnologías de la comunicación y la información, y de las redes sociales, como arquitecturas diseñadas para maximizar la atención y no para favorecer el entendimiento.

El economista y antiguo ministro griego, Yanis Varoufakis aporta una categoría económica que completa ese cuadro. Las grandes plataformas han dejado de funcionar como mercados para operar como feudos digitales cuyos propietarios extraen renta de acceso mientras los usuarios actúan como vasallos sin contrato ni recurso. La lógica ya no es la del beneficio capitalista clásico sino la de la renta feudal, donde aquel que controla la infraestructura cobra por el simple hecho de permitir la circulación, una realidad que Jeremy Gilbert ha cartografiado con precisión. El espacio público habermasiano, donde ciudadanos libres e iguales confrontan argumentos, se ve reemplazado por arquitecturas que no distinguen entre razón e impacto emocional, y que recompensan la indignación por encima del análisis. A estas alturas su diagnóstico parece una advertencia temprana a la que nadie prestó suficiente atención.

El tecnofeudalismo tiene también una dimensión ideológica que el filósofo Norman Ajari desarrolla en Technofascisme. Le nouveau rêve de la suprématie blanche. Si Varoufakis analiza la estructura material del nuevo orden, Ajari examina el proyecto político que la recorre: la empresa tecnológica como forma de gobierno sin Estado, el CEO como figura de autoridad sin mandato democrático y la red social como vector de una cosmovisión arcaico-futurista — culto a la tecnociencia combinado con jerarquías de ascendencia antigua en beneficio de una élite económica y racial — de vocación transnacional. Lo que ambas perspectivas comparten es la constatación de que la arena deliberativa ha sido sustituida por un dispositivo de control emocional. Allí donde la infraestructura decide qué ideas alcanzan audiencia y cuáles se extinguen, el argumento mejor fundado pierde la ventaja que las democracias liberales deberían garantizarle.

Habermas no ignoró esa deriva. En Facticidad y validez estableció de forma clara la distinción entre poder comunicativo, que emana de la deliberación libre entre ciudadanos, y poder administrativo, que opera a través del dinero y la autoridad institucional con una permanente tendencia a colonizar lo que denominó el mundo de la vida, como sustrato de tradiciones, valores y formas de entendimiento compartido sobre el que toda sociedad se sostiene. Cuando la lógica del sistema penetra en ese sustrato y lo reorganiza según criterios de eficiencia y rentabilidad, la capacidad de los ciudadanos para deliberar sobre sus propias condiciones de existencia queda comprometida. Era un diagnóstico sobre el capitalismo tardío que las plataformas digitales han llevado a su expresión más aguda.

Décadas después de su precoz dictamen, en Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la democracia deliberativa aplicó ese marco al entorno digital precisamente. Apoyándose en el análisis de Shoshana Zuboff sobre el capitalismo de vigilancia, reconoció que la personalización algorítmica no solo fragmenta la esfera pública, sino que la convierte en un espejo de identidades cerradas, incompatible con la deliberación que la democracia requiere. En este orden de cosas, Thorsten Thiel ha documentado cómo las plataformas invierten el potencial emancipatorio de la conectividad al subordinar el intercambio comunicativo a la lógica de negocio y Claudia Ritzi ha analizado las estructuras ocultas que ese proceso impone sobre la esfera pública digital. Aunque el diagnóstico de Habermas era sombrío, la apuesta normativa no cedió, manteniéndola en un tiempo que la suponía anacrónica, no como ingenuidad sino como decisión consciente.

Una de las grandes cuestiones que abre la desaparición del pensador no es si la democracia deliberativa es en realidad una utopía irrealizable, sino si existe voluntad colectiva de reconstruir las condiciones para la competición de argumentos. Esa voluntad tropieza hoy con una resistencia activa y organizada. La ultraderecha tecnológica ha convertido cualquier intento de regular las plataformas en una causa existencial, presentada invariablemente como defensa de la libertad de expresión frente a la censura institucional. El argumento es deliberadamente tramposo. No se trata de proteger la independencia de la palabra, sino de blindar la infraestructura que amplifica el discurso del odio, la desinformación y la movilización emocional que esas redes necesitan para sus modelos de negocio. Habermas sabía que la deliberación auténtica exige condiciones estructurales y que defenderlas no es limitar la libertad sino crearla. Ese es exactamente el idealismo que el poder tecnofeudalista no puede tolerar y la razón por la que su legado resulta más incómodo e imprescindible que nunca.


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