Lo que el cine sabe de la educación
15/09/2026 | https://doi.org/10.63083/lamec.2026.12.pac
Son muchas las respuestas que pueden darse a la pregunta de por qué vemos películas: unos dirán que ven películas para pasar un buen rato, otros porque quieren emocionarse, o buscan adentrarse en mundos desconocidos. Seguramente, muy pocos responderán que ven películas para recibir una educación. Y, sin embargo, la relación entre el cine y la educación es tan antigua como la misma historia del séptimo arte. Basta imaginar a aquellos espectadores de los primitivos Nickelodeon —sus ojos fijos en las imágenes fantasmagóricas que llenaban la pantalla— para darnos cuenta de que la atención que nos pide el cine responde a algo más que a una simple transmisión de información. Podemos aventurar que cuando terminamos de ver una película hemos ganado algo, aunque no sabemos exactamente qué.
La educación como argumento en el cine
Existe una primera relación entre cine y educación, tal vez la más obvia, en películas protagonizadas por maestros de escuela y alumnos. Los ingredientes de estas historias suelen repetirse: un profesor nuevo llega a una escuela donde se da de bruces con un ambiente hostil, y sus compañeros de claustro se muestran escépticos frente a su empeño por hacer que las cosas funcionen; tras enfrentarse a numerosos obstáculos y llegar al borde de la desesperación, el profesor aprende a querer a quienes tiene alrededor y a confiar en ellos a costa de sacrificar sus propios planes. Al final, nuestro protagonista descubre que la verdadera educación reside en el trato personal, y en ayudar a los otros a crecer como personas. Si bien la historia puede terminar en éxito o en fracaso para el profesor, lo importante es que ha comprendido que la condición para poder educar es descubrir, mediante la conversación, lo que los otros pueden enseñarle.
Encontramos este patrón narrativo, con sus respectivas variaciones, en películas como Hoy empieza todo (1999), La lengua de las mariposas (1999), Descubriendo a Forrester (2000), Los chicos del coro (2004), La clase (2008), Profesor Lazhar (2011), La clase de esgrima (2015), La profesora de historia (2014), El porvenir (2016), Una razón brillante (2017), Sala de profesores (2023), Los que se quedan (2023), Los buenos profesores (2023) y Radical (2023), entre muchísimas otras. Algunas de ellas han sido estudiadas recientemente por el libro Vínculos familiares y educación en el cine y la televisión, editado por Javier Figuero y Juan Orellana. Diríamos que estas películas hacen evidente, al convertirlo en su argumento, el proceso que toda película lleva a cabo con el espectador. Más allá de que sus protagonistas enseñen literatura, música, filosofía, matemáticas o historia, el aprendizaje sobre el que realmente tratan estas (y otras) películas es de índole moral. El profesor reconoce la estatura moral de sus alumnos y colegas y, al hacerlo, se reconoce él mismo como quien es.
El cine como educador
Esto nos conduce al segundo tipo de relación que se da entre el cine y la educación: el cine como lugar de aprendizaje moral para el espectador; una cuestión de la que se ha ocupado bastante Stanley Cavell, profesor de filosofía en Harvard fallecido en 2018. En un texto titulado The Good of Film, traducido al español como «Lo que el cine sabe del bien» (recogido en el libro El cine, ¿puede hacernos mejores?), Cavell se pregunta qué clase de mejora puede darse en los espectadores de una película y, sobre todo, cuál es ese bien al que las películas pueden conducirnos. Defender que la experiencia del cine puede ir ligada al hallazgo del bien no es tan obvio como parece: enseguida asoma el peligro de reducir la película a la mera ilustración de una idea. Pero, en tal caso, ni dejamos que la obra cinematográfica nos hable en sus propios términos, ni logramos una visión atinada de lo que es el bien (no es, desde luego, una idea platónica prefijada, sino algo que vamos descubriendo en el curso de nuestro vivir). Entonces, ¿cuál es el bien del cine?
Cavell desarrolla su planteamiento inspirado por dos pensadores de épocas muy distintas: Sócrates, ateniense del siglo V a. C., y Ralph Waldo Emerson, bostoniano del XIX. Por un lado, el buen cine adopta un tono socrático en la medida en que nos invita a examinar nuestra propia vida a la luz de las imágenes en movimiento. En algunas de las películas mencionadas —pensemos en El porvenir, Los que se quedan o Radical, por ejemplo— los personajes entablan conversaciones que les ponen contra las cuerdas, pues cuestionan los principios sobre los que se apoya su vida, sus decisiones pasadas y futuras. Al identificarnos con ellos, nosotros también somos cuestionados.
Cuando, en una escena de Los que se quedan, dirigida por Alexander Payne, Mary le reprocha a Paul su mediocridad y su estrechez de miras («Ni siquiera puedes soñar un sueño entero, ¿verdad?»), advertimos en sus palabras algo del espíritu socrático. Al igual que las comedias del Hollywood clásico estudiadas por este autor, sobresale en el filme de Payne «la capacidad de respuesta y de examen de un alma por otra», en expresión de Cavell. Es como si el cine fuese capaz de insuflar nueva vida a las palabras de Sócrates, quien sostiene —en la Apología escrita por Platón— que el mayor bien para un hombre es «tener conversaciones cada día acerca de la virtud», y que «una vida sin examen no tiene objeto vivirla».
Emerson es la otra pata de la reflexión sobre el bien que procede del cine. Guiado por los ensayos de este autor, Cavell articula su teoría del «perfeccionismo moral», la cual nos habla de la aspiración —tanto de los personajes de ficción como de nosotros, los espectadores— de ponerse en camino, de salir de un estado de apatía o conformidad («una vida de tranquila desesperación», diría Thoreau) hacia un estado más cercano a los deseos del corazón. En sintonía con Sócrates, Emerson reclama «la presencia de alguna clase de amigo —según explica Cavell— cuyas palabras tendrán el poder de guiar ese progreso». En las historias de ficción, el amigo es encarnado por múltiples personajes, más o menos inesperados. En nuestro caso como espectadores, es la propia película la que nos invita a tener con ella un trato de amistad, por así decir, a iniciar una conversación que pueda convocar a otros participantes después de que las luces de la sala se hayan encendido. Por el cauce de esta conversación discurrirá lo que el cine nos enseña.
Este artículo es parte de los trabajos del Proyecto de Investigación identitario “La representación audiovisual de los vínculos familiares en la posmodernidad”, del Grupo de investigación INCIRTV, Investigación en Convergencia, Internet, Radio y Televisión, adscrito a la Universidad San Pablo-CEU.
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