El cine europeo que analizó la debacle educativa… y nos contó el porqué
01/10/2026 | https://doi.org/10.63083/lamec.2026.17.rdlp
Mientras se escribía este artículo, apareció una noticia que generó un notable revuelo mediático: en Cataluña comienza a haber presencia policial en las aulas de algunos centros educativos. La decisión generó sendas oleadas contrapuestas de aplauso e indignación; mientras que algunos se preguntaban cómo es posible que hayamos llegado hasta tal extremo, otros declaraban que se veía venir. Lo cierto es que no hace falta remontarse muy lejos en el tiempo para recordar la última vez que el cine había anunciado este estado de las cosas. Como arte que es, cuando es digno de ese nombre posee la prerrogativa de anticipar, o cuanto menos de proclamar, los signos de los tiempos. Y a veces también, como en los ejemplos que siguen, de señalar las causas y proponer soluciones.
Vivir a espaldas de los propios hijos
Más allá del debate sobre si puede o no considerarse cine un relato audiovisual creado para la pequeña pantalla, quizás a algún lector le haya venido de inmediato a la cabeza la serie de Netflix Adolescence (Jack Thorne, Stephen Graham, 2025). Sus excelentes cualidades fílmicas y su habilidad para tomar el pulso de nuestra sociedad la convirtieron de inmediato en objeto de debate público; el propio primer ministro británico, Keir Starmer, llegó a alabarla en su cuenta de X, recomendando su visionado en casa y en los centros educativos de su país. Si se quisiera escoger una sola secuencia que condensase su conflicto central, podría elegirse aquella del segundo episodio en la que el inspector de policía Luke Bascombe (Ashley Walters) conversa con su hijo Adam (Ammari Bacchus) en una sala del instituto al que este acude. El agente investiga el homicidio de una alumna del centro, presuntamente a manos de uno de sus compañeros. La tensión del diálogo se intensifica paulatinamente con el correr del metraje hasta que, ante la ignorancia de Bascombe de las dinámicas de acoso y alienación en las redes que están en la base de la tragedia, el chico se lamenta: «Es vergonzoso cómo andas metiendo la pata, papá» (E2, 32:17). El policía parece humillarse entonces ante su hijo mientras este le explica los rudimentos de la comunicación digital con un tono condescendiente, casi despectivo; el muchacho, por su parte, es consciente de asumir la responsabilidad que debería ostentar, por razón de edad y cargo, su propio padre.
La asimetría antinatural entre Adam y Bascombe en el momento referido se expone a través de la puesta en cuadro: ambos están de pie, encuadrados en plano medio. El chico es ligeramente más alto que su padre, lo cual, lejos de ser un detalle accidental —el episodio 3 se servirá de este elemento a fin de construir su tensión insoportable— constituye un símbolo de eficaz sutileza. La diferencia de alturas, en efecto, es signo visual de un desafío a modo de queja contra una generación de adultos que ha abdicado en sus sucesores la responsabilidad que naturalmente le corresponde.
Una dañina inversión de roles
La directora belga Laura Wandel emplea un recurso visual análogo en varios momentos de su valiosísima cinta Un pequeño mundo (Un monde, Laura Wandel, 2021). Ya en la primera secuencia del film, el padre sin nombre (Karim Leklou) que acompaña a su hija Nora (Lara Vanderbeque) en su primer día de escuela se agachará en el momento de la despedida hasta colocarse deliberadamente un poco por debajo de ella (0:01:45), compungido y ansioso, como si quisiera ser consolado por su hija, en lugar de sostenerla él a ella. El gesto es una toda una declaración de intenciones: el metraje, en efecto, irá desvelando poco a poco cómo el padre se abaja hasta el punto de delegar en la niña el cuidado de su hermano mayor, Abel (Günter Duret), que sufre de acoso en el colegio (0:35:55).
La actitud paterna opera, así, una antinatural y dañina inversión de roles, que expone a la pequeña Nora a una carga de conciencia injusta y a una soledad dolorosa, solo paliadas por la figura entrañable de la Señorita Agnès (Laura Verlinden). La maestra, en efecto, asume en parte la responsabilidad que deja vacante la pusilanimidad del padre; así, no esquiva los diálogos espinosos en torno al bullying de Abel ni se desentiende cuando su alumna, en un arrebato de ira por haber sido excluida de un cumpleaños a causa de este, rompe las invitaciones de la fiesta. La profesora no reprende a Nora ni obvia lo sucedido, antes bien, la escucha con paciencia y empatía, pero sin pasar por alto el error. El encuadre de este fragmento, filmado en escala de plano medio, restablece a nivel visual el orden perdido: Agnès está sentada junto a Nora y elevada por tanto sobre ella. En el plano de la acción, la maestra precede a su alumna y la guía durante el proceso de reparación de las cartulinas, aportando así el ejemplo de una autoridad bien entendida, que la niña interiorizará perfectamente, como deja entrever el dramático desenlace del film.
Potestas vs. auctoritas, o la necesidad de volver al sentido común
A medio camino entre el estreno de Adolescence y el de Un pequeño mundo, llegó a los cines la producción alemana Sala de profesores (Ilke Çatak, 2023), que recorrió con éxito, como el film belga, el circuito de festivales y que presenta una protagonista de indudables paralelismos con Agnès. Carla Nowak (Leonie Benesch) es una profesora de secundaria que, en su empeño por evitar que los alumnos asuman responsabilidades que no les corresponden, acaba siendo atacada tanto por estos como por sus compañeros de profesión. A pesar de ello, la docente se opondrá a la sanción de un alumno suyo, Oskar (Leonard Stettnisch), derivada de la reacción del muchacho ante la inculpación de su madre como presunta autora de los hurtos acontecidos en el instituto, donde es secretaria.
Así, en el desenlace del film, Nowak acompañará a su alumno sentada como él en un pupitre del aula vacía donde ambos esperan la expulsión inminente del chico, que se niega a acatar las medidas disciplinarias que lo convierten en chivo expiatorio de la inmadurez materna. La actitud de Carla es un acto de auctoritas, esa autoridad natural que precede con el ejemplo y el afecto y que se contrapone a la potestas, es decir, la autoridad ejercida por la fuerza. El último plano del film, en el que Oskar, sereno y aferrado a su silla, es sacado a hombros por la policía, ejemplifica visualmente el abismo entre ambos términos; al mismo tiempo, como la noticia que abre estas líneas, sirve como diagnóstico del fracaso de un sistema que pide a gritos una vuelta al sentido común y a los vínculos humanos cargados de sentido.
La Mecedora Divulga is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

