¿Puede un aula ser un lugar de ficción crítica? Enseñar, narrar y analizar el discurso hoy

Por Pablo Agustín Artero Abellán

19/12/2025 | https://doi.org/10.63083/lamec.2025.105.paa


Enseñar no es solo transmitir información. Es construir una escena. Cada clase es una pequeña obra en la que se cruzan gestos, silencios, papeles asumidos, estrategias de persuasión y actos de lenguaje cargados de poder. Un aula no es neutra. Es un espacio narrativo, político y, a veces, incluso ficticio.

Esta reflexión nace no solo desde mi experiencia como docente universitario, sino también como investigador del discurso y escritor de narrativa. En mi trabajo cotidiano con estudiantes de diversas disciplinas he comprobado una y otra vez que lo que sucede en clase no es simplemente “contenido académico”, sino algo mucho más denso y fascinante: una disputa por el sentido, por la voz, por la posibilidad de decir (y escuchar) algo distinto.

El lenguaje no solo describe: también actúa

Uno de los puntos de partida más potentes que podemos compartir en clase —y que muchos estudiantes descubren con cierta sorpresa— es que el lenguaje no solo nombra la realidad: la produce. No hablamos sobre el mundo; lo construimos con palabras, imágenes, estructuras, silencios.

Esto es lo que estudia el análisis crítico del discurso: cómo las formas de hablar —en la política, en los medios, en la universidad— configuran identidades, naturalizan desigualdades o abren grietas por donde se cuela el pensamiento crítico. Aquí puede verse un ejemplo aplicado al discurso político.

En clase, este enfoque transforma la forma de leer textos y de escucharnos mutuamente. Analizar un discurso político, una carta institucional o una noticia viral puede ser más revelador que leer un tratado teórico. Porque nos obliga a pensar: ¿quién habla?, ¿a quién interpela?, ¿qué omite?, ¿cómo lo dice?

Enseñar es también narrar

Más allá del análisis, hay otra dimensión igual de poderosa: la narrativa. Enseñar, en su forma más viva, es también contar. Una anécdota bien contada puede iluminar un concepto. Una clase puede organizarse como una novela. Un curso puede tener capítulos, tensiones, un clímax y una moraleja que no es única.

Y aquí surge una posibilidad provocadora: ¿y si damos espacio en clase para que también los estudiantes cuenten? ¿Y si escribir desde la experiencia no es una amenaza al rigor, sino una vía legítima para pensar? La narrativa crítica y autoficcional permite reimaginar la relación con el conocimiento. No se trata de sentimentalismo, sino de subjetividad situada.

Hace poco, en una actividad que propuse, los estudiantes tenían que escribir una escena real o inventada de su vida académica donde el lenguaje funcionara como puente o como barrera. El resultado fue conmovedor. Algunos textos hablaban de migración y traducción. Otros del miedo a hablar en público. Otros, del poder transformador de una sola clase. Lo interesante es que lo que se produjo ahí fue aprendizaje, pero también comunidad.

El papel de los niños como acusadores fue esencial para que se pusiera en marcha la histeria colectiva de la caza de brujas en Navarra previas al famoso caso de Zugarramurdi. De la misma manera ocurrió durante el brote de brujomanía en Suecia (1668-1677), donde centenares de niños dieron testimonio de haber sido llevados al aquelarre. Que un mismo fenómeno surgiera en puntos tan separados geográficamente, en opinión de Henningsen, por la influencia del Tratado de la inconstancia del jurista civil francés Pierre de Lancre.

La realidad de estas reuniones ha sido descartada por gran parte de historiadores que ven en ella un arquetipo creado por las elites. Gracias a los estudios efectuados por Azurmendi y Henningsen sabemos que el propio término aquelarre fue inventado por los acusadores en el proceso de Zugarramurdi en 1609 para demostrar la supuesta existencia de una secta brujeril.

Ficción, aula y poder

¿Por qué no pensar el aula como un espacio de ficción crítica? No para mentir, sino para ensayar otras verdades. Para explorar lo que podríamos decir si nos atreviéramos. Para imaginar lenguajes menos violentos, más propios, más nuestros.

En mi experiencia como escritor, he aprendido que la ficción no es evasión. Es forma de conocimiento. Una novela —aunque sea inventada— puede decir más sobre el mundo que un informe técnico. Porque conecta emociones, contradicciones, matices. Porque no se limita a describir, sino que interpela.

Cuando cruzamos estos registros —análisis discursivo, pedagogía crítica, escritura narrativa— algo se desbloquea en el aula. Se vuelve posible hablar no solo sobre el poder, sino desde lugares de agencia. Y eso, en un sistema educativo que muchas veces premia la repetición y penaliza la duda, es revolucionario.

Un recurso abierto para imaginar otras clases

Como parte de esta apuesta, he preparado un material docente de acceso abierto que propone actividades, reflexiones y recursos para pensar el aula desde esta triple mirada. Incluye ejercicios para analizar discursos reales, escribir desde la subjetividad o intervenir en el lenguaje institucional. Está pensado para docentes de Humanidades, pero también para cualquier persona interesada en enseñar desde otro lugar.

No se trata de aplicar una receta ni de tener todas las respuestas. Se trata de abrir preguntas. ¿Qué pasa cuando un aula deja de ser un “espacio de evaluación” para convertirse en un “espacio de escucha”? ¿Qué pasa cuando se validan otras formas de saber? ¿Y qué pasa cuando narrar se convierte en una forma de resistir?

No todas las clases serán transformadoras. Pero algunas sí pueden serlo. Y quizás basten esas.


La Mecedora Divulga is licensed under CC BY-NC-ND 4.0

Deja una respuesta